White Russian & Blue Lines

martes, diciembre 07, 2010



Un cumpleaños con acontecimientos felices

Celebrar un año más de vida se convierte automáticamente en el primero de los obsequios que recibes el día de tu cumpleaños. El mío comenzó saltando de la cama, recibiendo el beso de mi mamá, pensando en girasoles, reconstruyendo el sueño que había tenido con J., tomando un gran desayuno, y transcurrió recibiendo saludos y buenos deseos, saboreando postres y milkshakes, recibiendo lecciones de piano de J., escuchándolo tocar la guitarra y el teclado con una de mis canciones favoritas, saliendo de compras, engriéndome en la peluquería (cabello, pies, manos... ¡delicioso!), asistiendo a una conferencia, sintiéndome amada.

La serie de acontecimientos me hizo sentir más que feliz: AFORTUNADA. Tengo una familia que me adora, una pareja que me ama y a quien amo. Tengo salud, un trabajo bueno, amigos que son invalorables porque me demuestran su cariño, respeto e incondicionalidad en las buenas y malas. ¿Qué más se puede pedir? Las bendiciones de esta vida son los mejores obsequios que pueden llegar a nosotros. De eso no tengo ninguna duda.


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jueves, setiembre 09, 2010


Parabienes para ti, Amor

Preparar el regalo de cumpleaños de J. me llevó algunas felices horas de sueño, pero valieron la pena. Después de ver la alegría en su rostro, fuimos dos los obsequiados. Tengo que reconocer que me encanta prepararle sorpresas. Me convierto en una eficiente y entusiasta productora del acontecimiento. Ahora mismo, por ejemplo, preparo la sorpresa de su cumpleaños (el regalo hecho con mis manos ya se lo entregué, pero falta el que especialmente encargué). Muero de curiosidad por saber cómo reaccionará. ¿Llevo la cámara? Mejor sí, esas ocasiones especiales lo justifican plenamente.

Los regalos que él me hace son incomparables. Ich liebe dich, Amor.

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viernes, julio 09, 2010


Orangettes

Mañana es cumpleaños de mi mamá. Para almorzar tendremos un delicioso puré de espinacas acompañado de un jugoso bistec y un caldo de gallina, perfecto para contrarrestar el molesto frío del invierno. Hace un par de días mi mami se cortó el cabello y ahora está eligiendo el color de su tinte. Me gusta verla de buen humor, reír con las bromas de su nieta y sonrojarse con los piropos que le hacemos con mi hermana. Ella aún no sabe qué torta de cumpleaños tendrá mañana, pero yo estuve buscando algún postre rico para sorprenderla.

En los últimos meses mi afición por la repostería ha crecido y es probable que se lo deba a mi mamá. Nadie como ella para preparar el pie de manzana y tener la paciencia para dejar que su pequeña hija la “ayude” con la masa (me encantaba tener las manos enharinadas, tomar el rodillo y después de haberla hecho un bollito amasar la masa). Fueron varias las veces que probé un poco del relleno, el más delicioso puré de manzanas que recuerdo. Tampoco puedo olvidar el incidente del bizcochuelo de naranja para mi madrina. Mi mamá había sacado del horno un bizcocho hermoso y grande, y yo lo había probado sin poder resistirme. Después de su llamada de atención me llenó de besos para agradecerme que lo hubiera probado antes de llevárselo de regalo a mi madrina. En el apuro había confundido la bolsita de polvo de hornear con la de sal y por eso el bizcocho tenía tanto volumen. La anécdota se repartió después por doquier entre toda la familia. Tal vez desde entonces la repostería se convirtió en uno de mis hobbies favoritos.

La receta que encontré se llama Orangettes. En francés se les dice así a las cáscaras de naranja cubiertas por un baño de chocolate confitado. ¿Les suena rico? Yo estoy imaginando mi cara y la de los demás al probarlas. ¿Le gustarán las Orangettes a mi adorado J.? Puede que la primera se la dé a probar con los ojos cerrados, así la sorpresa es aún mayor.

¿Cómo se hacen las Orangettes?

Corte las puntas de las naranjas y retire las cáscaras.


Corte las cáscaras en tiras finas y recorte los bordes.

En una olla de tamaño mediano, coloque las cáscaras en agua hirviendo y escalde durante unos minutos. Enjuague las cáscaras y repita este proceso una segunda vez. Esto se hace para eliminar el amargor de la cáscara.

Prepare el caramelo mediante la combinación de 8 onzas de agua con 8 onzas de azúcar en una cacerola. Lleve el almíbar a fuego lento, coloque las cáscaras en la olla y cocine a fuego lento durante 1 hora. Una vez que las cáscaras se han cocinado, retírelas de la olla y colóquelas sobre una rejilla para enfriar y escurrir.

Derrita el chocolate oscuro (16 onzas) en una caldera resistente. Sumerja las cáscaras de naranja confitadas en el chocolate, retírelas rápidamente y deje que se enfríen sobre papel pergamino.

Voilá! :-)



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viernes, febrero 06, 2009


El chico del Mamma Lola

Hace un año, durante un cumpleaños de verano conocí a J.C. Nadie nos presentó, pero no hizo falta. Debo decirles que cuando lo vi en lo que menos pensé fue en querer conocerlo. Mi primera impresión fue creerlo un chico presumido y con poca o ninguna sensibilidad. Imaginé que ni siquiera tenía tema de conversación. Fui una malvada. "Este es un bacán", pensé. Uno de esos tipos que llegan a las reuniones con pose de galanes de barrio y encandilan con una envidiable facilidad a la mitad de las chicas del lugar.

De esos chicos siempre he dudado y nunca me ha provocado conocerlos más allá de saludarlos con educación. Pero J.C. me demostró lo equivocada que estaba. Fue después de que regresó de bailar que se sentó a mi lado y me preguntó si estaba tomando algo. "Sí, agua" -le dije. Después de ese gracioso intercambio de pregunta y respuesta nos preguntamos nuestros nombres y la manera cómo habíamos conocido al amigo en común que teníamos y que ese día cumplía años. Después interrumpimos nuestra conversación porque sonó una canción con la que yo sonreí. "¿Quieres bailarla?" -me preguntó. Así que nos dirigimos a la pista del local barranquino y mientras caía el sol de las cuatro de la tarde, bailamos ese tema y quién sabe cuántos más.

Entonces descubrí que además de ser una persona muy simpática y no salir con gilerías (por lo menos no conmigo), también bailaba maravillosamente bien. Su destreza para los giros y nuevos pasos me sorprendió. Deseé no haber ido con unas sandalias de tacón, sino con mis livianas ballerinas. Igual bailamos y nos divertimos mucho. Solo lo sentí por mi anterior pareja de baile, que a cierta distancia nos observaba con un poco de envidia.

Recuerdo que por esa fecha había pensado a quién podría invitar para que fuera conmigo al cumpleaños de Franco, un amigo al que quiero mucho y al que conozco desde hace más de siete años. No tenía en mente demasiados candidatos, porque no a todos les gustaba bailar en las fiestas. Pero a mí me encanta hacerlo, así que casi por inercia le pregunté a J.C. si le provocaba acompañarme al cumpleaños de este amigo. Se lo dije con tanta naturalidad que creo que sonó a "¿te animarías a visitar la nueva juguería que han abierto en Miraflores?". Entonces él sonrió y me respondió "¿pero te vas a acordar de llamarme y pasarme la voz para ir?". Imaginen mi cara de sorpresa. "¡Claro que te voy a llamar!", le contesté. Pero no lo hice. Fui sola al cumpleaños de mi amigo y bailé con algunos amigos en común, pero siempre me quedé pensando en el que hubiera sido mi pareja de baile.

Con el paso de los días me olvidé del asunto hasta que recibí una invitación para ir a ver "Chau, Misterix" en el CCPUCP. En la galería del mismo Centro Cultural se presentaba por esa época una muestra de los mejores trabajos de la Facultad de Arte de la Católica, así que me acordé que a J.C. le gustaba mucho el arte, a pesar de que estudiaba Derecho y de que trabajaba en el área de vuelos internacionales del aeropuerto. Pensé que disfrutaría mucho ver la exposición además de la obra, así que busqué su teléfono y lo llamé para invitarlo. Todavía me acuerdo una conversación que tuvimos. "¿Por qué estudias entonces Derecho?". "Porque es la carrera que me permitirá pagar mis estudios de Arte. Además, con eso mis padres se pueden quedar tranquilos". Ojalá J.C. no haya renunciado a su sueño. O tal vez ahora se haya convertido en el más prometedor piloto de una aerolínea comercial. ¿Cómo saberlo?

El día finalmente llegó. Mi hermana insistía en que era una cita. Yo odio rotular con nombres ese tipo de salidas. Solo estaba muy contenta de volverlo a ver. J.C. fue puntual. Nos encontramos a las 7:30 p.m. en la entrada del Centro Cultural. Yo subí las escaleras para recoger las invitaciones, pero ¡oh, sorpresa! empalidecí como papel cuando una de las productoras del CCPUCP me dijo "Lo siento, pero se nos han agotado los pases para invitados hace media hora". Sin nada más que hacer en ese lugar, le expliqué a J.C. el imprevisto. Me disculpé no una sino hasta tres veces. Él, muy tranquilo y comprensivo, me propuso ir a brindar con un pisco sour por la anécdota del teatro. Tomamos un taxi hasta el bar de las Brujas de Cachiche, pero esa noche estaba cerrado. Entonces pensé que la supuesta "cita" de la que había hablado mi hermana estaba condenada al fracaso. Fue en ese momento que J.C. me habló de ir a un lugar muy bonito en Miraflores donde podíamos cenar algo. Acepté encantada mientras ambos compartíamos una sonrisa.

Esa noche conocí a dos amigos de J.C. que eran enamorados. Se me han olvidado sus nombres, pero no que me causaron una muy buena impresión. Cenamos riquísimo, tomamos vino y conversamos durante cerca de tres horas. Después me propusieron ir a la casa de J.C. donde él nos prepararía su especialidad: unos spaguetti ¡fenomenales! (sus amigos reconocían sus naturales dotes culinarias). Les agradecí la invitación, pero no acepté. Subimos al carro de su amigo y me llevaron a casa. La despedida fue muy bonita. Sonaba un tema que le gustaba mucho a J.C. y que yo escuchaba por primera vez. Otra vez me volvieron a decir para ir a la casa del spaghetti y otra vez les di las gracias por la invitación, pero decliné.

Y esa fue la última vez que volví a ver al chico del Mamma Lola, el local donde sirven una de las mejores pastas que he probado. Después de esa salida tan anecdótica nos escribimos un par de veces hasta que cada uno volvió a lo suyo. Imaginen la enorme sorpresa que recibí cuando el año pasado, el 24 de diciembre en la noche, recibí una llamada de J.C. para saludarme por Nochebuena. Me contó que ya se había graduado y que estaba viendo lo de sus escritos y sus dibujos. Seguía trabajando en el aeropuerto, pero también quería ver lo de sus prácticas en un estudio de abogados. Me dio mucha alegría escucharlo tan animado y tan lleno de planes. Siempre diré que la Navidad es mágica porque puede sorprenderte con detalles como este. Un saludo de un amigo al que pensabas no volver a ver. Para mí fue especial, porque aunque nunca llegó el saludo de una amiga que esperaba que llegara, recibir noticias de J.C. me devolvió la sonrisa y la fe en quienes llegan a convertirse en tus verdaderos amigos, sin importar lo lejos o cerca que se encuentren.

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