White Russian & Blue Lines

lunes, abril 19, 2010



El consentido del fin de semana

Solo una vez probé el conocido Club Sandwich del San Antonio de Miraflores y no me gustó. Fue un episodio raro porque los sánguches de este café casi nunca me defraudan. Ahí están el Prunus, uno de mis preferidos, con esa inigualable mermelada de albaricoque y queso crema, o el Roast Beef con sus crocantes pepinillos. Pese a ello, aquella vez del club sandwich salí sin nadita de ganas de volver a pedirlo en ese u otro café. Sin embargo, ayer el Gloton’s me devolvió la fe perdida en este inigualable sánguche de cuatro pisos.

J. y yo regresábamos de correr los 6K de Corre por el Agua y seguíamos hambrientos aún después de comer manzanas, helados y beber varios vasos de Gatorade. Después de pasar unos minutos en El Enano, una conocida juguería en la que solo se acepta efectivo y no tarjeta, nos dejamos guiar por la amabilidad de las meseras de este pequeño restaurante sanisidrino.

Vimos la carta y nos decidimos por un jugo surtido y un Club Sandwich. El jugo estuvo bueno, aunque un cubo de hielo menos en la licuadora no hubiera venido mal. Nuestro sánguche les quedó espectacular: lo sirvieron calentito, con papas fritas, una salsa de ají para acompañarlas, un tocino rojito, y el huevo frito más sabroso que he comido últimamente. La yema tenía la consistencia perfecta para mojar al pan y las papas. Nos alegramos de haber hecho tan buena elección, y por mi parte me reconcilié con el popular sándwich que desde el plato parecía decirme: “bienvenida a mi club”.


El Gloton's


Así es como me gusta la yema del huevo frito: "a la inglesa"

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viernes, diciembre 04, 2009


Patagonia

J. y yo adoramos las pastas. El domingo nos levantamos tarde, así que nuestro desayuno fueron unas limonadas y unas crocantes tostadas de finas hierbas untadas con varios tipos de queso crema (el de alcachofas se convirtió en mi favorito, pero mi paladar no pudo con el fuerte sabor del queso azul). También las comimos con una crema de huevo con queso y una pizca de mostaza, que estuvo de chuparse los dedos.

Para la hora del almuerzo no teníamos hambre, así que recién a las cuatro de la tarde salimos en busca de algún restaurante bonito y acogedor. Muertos de hambre, pensamos volver a “Il Buon Mangiare” o a nuestro engreído “Mavery”, pero al final nos decidimos por “Patagonia”, el restaurante de comida ítalo-argentina casera que tiene su local en la tranquila calle Bolívar en Miraflores.

Una vez acomodados en nuestra mesa, Marco se presentó como nuestro anfitrión y nos ofreció la carta. J. se detuvo un buen rato en apreciar la forma cómo había sido diseñada, mientras yo compartía su sensibilidad para notar esos detalles. A menudo nos ocurre, aunque él me supera cuando se trata de analizar un tema. Si yo tengo mil preguntas sobre algo, él tiene dos mil. Solo mi grado de curiosidad podría comparársele.

Quiero contarles un poco más sobre “Patagonia”. Además de llevar funcionando ocho años, los comensales tenemos para escoger entre una maravilla de platos: las mejores pastas caseras (yo me pedí unos gnocchis y J. unos ravioles en salsa a la bolognesa que nos hicieron desear volver casi al día siguiente), al menos unas diez variedades de empanadas, tortillas españolas, milanesas, carnes argentinas, y las más ricas pastas italianas con infinidad de salsas.

El restaurante está dividido en tres áreas principales: un confortable bar lounge en la entrada, un acogedor comedor con varias mesas y sillas, y una terraza al aire libre. También tienen un espacio para pequeños montajes teatrales, recitales de poesía, o presentaciones de libros; y cada una de sus paredes decoradas con cientos de retratos y pinturas de todas las épocas.


Si hablamos de su comida puedo asegurarles que los hará regresar una y otra vez. Los platos vienen en dos presentaciones (personal y grande), y son infaltables en la mesa sus deliciosos aperitivos de papitas enanas, habas cocidas en salsa de perejil, rodajas de zanahorias con clavo de olor, y su espectacular pan tostado al oglio de oliva. Para acompañar las comidas, su carta de vinos y tragos es lo suficientemente variada, aunque el vino de la casa (vino argentino) puede ser una acertada elección. J. y yo hemos prometido regresar para tomarnos una botella entre los dos, pedirnos un postre, y de ahí ensayar los pasos de un tango al mejor estilo de las parejas bonaerenses.



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martes, octubre 06, 2009


Tres monjas, un Satchmo

El mismo día que se despidieron de este mundo Farrah Fawcett, Michael Jackson, y la cantante folclórica Alicia Delgado, J. y yo asistimos a una función en el Satchmo de Miraflores. Cerca de las nueve de la noche el escenario se abrió con un simpático número a cargo de dos animadores clauns y de algunos asistentes del público que amablemente se prestaron para los sketchs. Hasta ese momento J. y yo no acabábamos de sentirnos cómodos en los asientos que nos habían tocado. Tengo que decir que la distribución de mesas y sillas de este local es una de las primeras razones con las que ni el propio Sachtmo estaría de acuerdo si estuviera vivo.

Imagínense llegar a la mesa
asignada y ver que sus asientos están, literalmente, uno delante de otro, y, además, sin espacio suficiente para que la persona que está en el de atrás, pueda estirar o cruzar las piernas. Con una ubicación así de imposible, teníamos además a otras dos personas que compartirían esa noche nuestra mesa. Mi primera impresión fue la de estar acompañados por dos chicas que eran amigas, pero J. rectificó mi ingenuidad y me aclaró que las dos señoritas no eran sino una pareja, igual que nosotros. Después de aclarar mi confusión, ordenamos uno de los piqueos de su carta.

A los diez minutos de haber comenzado el espectáculo, yo volteaba mi cuello de vez en cuando para ver a J., él me hacía cariño en la espalda confirmando que estaba ahí, y ambos nos preguntábamos qué había sido del mozo y de los tequeños. Aún no había empezado el show de las monjitas, cuando decidimos hacer algo para disfrutar plenamente el espectáculo. Cambiamos de mesa. Desde nuestra nueva ubicación pedimos un chilcano y un margarita. El primero no estaba mal, pero el sabor del trago mexicano hubiera dejado patitieso al mismísimo Pancho Villa. J. vio entonces mi cara y después de probarlo me dijo que ya regresaba. Para entonces ya habían llegado los tequeños, así que traté de olvidar el mal rato comiendo uno. Cuando J. volvió coincidimos en que nuestra queja era válida, porque tratándose de un lugar como el Satchmo los clientes esperan una correcta atención y lo que venía sucediendo esa noche era para poner los pelos de punta.


Desde entonces no hemos vuelto a este local miraflorino, pero tenemos la esperanza de que en nuestra próxima visita la atención haya mejorado. Mientras nos animamos a regresar, les dejo una breve historia sobre quién fue el famoso cantante de jazz, Luis Armstrong, más conocido en el mundo de la música como "Satchmo". Así, de paso, nos reconciliamos con el local que lleva su nombre.


CONOCIENDO A SATCHMO

Louis Armstrong (Nueva Orleans, 4 de agosto de 1901[3] – 6 de julio de 1971), más conocido como Satchmo y Pops, fue un trompetista y cantante estadounidense de jazz. Satchmo fue una de las figuras más carismáticas e innovadoras de la historia del jazz y, probablemente, su músico más popular. Gracias a sus habilidades musicales y a su brillante personalidad, transformó el jazz desde su condición inicial de música de baile con raíces folclóricas en una forma de arte popular. Aunque en el arranque de su carrera cimentó su fama sobre todo como cornetista y trompetista, más adelante sería su condición de vocalista la que le consagraría como una figura internacionalmente reconocida y de enorme influencia para el canto jazzístico. Fue en 1968 que consiguió el segundo más grande éxito en el Reino Unido, con la canción pop
"What a wonderful world". Dicho tema copó las listas británicas durante un mes.

El apodo "Satchmo", o "Satch", es una abreviación de Satchelmouth ("boca de bolsa"). En 1932, el entonces editor de la revista Melody Maker, Percy Brooks, saludó a Armstrong en Londres diciendo "Hello, Satchmo!", abreviando Satchelmouth (probablemente sin intención), y tal apodo tuvo éxito. A comienzos de su carrera también era conocido como Dippermouth ("boca de cucharón"). Ambas referencias tienen que ver con la forma en que embocaba su trompeta mientras tocaba. La situaba sobre sus labios de tal forma que tras muchas horas de interpretación, surgía en su labio superior una hendidura, de ahí el término "Dippermouth".

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viernes, febrero 06, 2009


El chico del Mamma Lola

Hace un año, durante un cumpleaños de verano conocí a J.C. Nadie nos presentó, pero no hizo falta. Debo decirles que cuando lo vi en lo que menos pensé fue en querer conocerlo. Mi primera impresión fue creerlo un chico presumido y con poca o ninguna sensibilidad. Imaginé que ni siquiera tenía tema de conversación. Fui una malvada. "Este es un bacán", pensé. Uno de esos tipos que llegan a las reuniones con pose de galanes de barrio y encandilan con una envidiable facilidad a la mitad de las chicas del lugar.

De esos chicos siempre he dudado y nunca me ha provocado conocerlos más allá de saludarlos con educación. Pero J.C. me demostró lo equivocada que estaba. Fue después de que regresó de bailar que se sentó a mi lado y me preguntó si estaba tomando algo. "Sí, agua" -le dije. Después de ese gracioso intercambio de pregunta y respuesta nos preguntamos nuestros nombres y la manera cómo habíamos conocido al amigo en común que teníamos y que ese día cumplía años. Después interrumpimos nuestra conversación porque sonó una canción con la que yo sonreí. "¿Quieres bailarla?" -me preguntó. Así que nos dirigimos a la pista del local barranquino y mientras caía el sol de las cuatro de la tarde, bailamos ese tema y quién sabe cuántos más.

Entonces descubrí que además de ser una persona muy simpática y no salir con gilerías (por lo menos no conmigo), también bailaba maravillosamente bien. Su destreza para los giros y nuevos pasos me sorprendió. Deseé no haber ido con unas sandalias de tacón, sino con mis livianas ballerinas. Igual bailamos y nos divertimos mucho. Solo lo sentí por mi anterior pareja de baile, que a cierta distancia nos observaba con un poco de envidia.

Recuerdo que por esa fecha había pensado a quién podría invitar para que fuera conmigo al cumpleaños de Franco, un amigo al que quiero mucho y al que conozco desde hace más de siete años. No tenía en mente demasiados candidatos, porque no a todos les gustaba bailar en las fiestas. Pero a mí me encanta hacerlo, así que casi por inercia le pregunté a J.C. si le provocaba acompañarme al cumpleaños de este amigo. Se lo dije con tanta naturalidad que creo que sonó a "¿te animarías a visitar la nueva juguería que han abierto en Miraflores?". Entonces él sonrió y me respondió "¿pero te vas a acordar de llamarme y pasarme la voz para ir?". Imaginen mi cara de sorpresa. "¡Claro que te voy a llamar!", le contesté. Pero no lo hice. Fui sola al cumpleaños de mi amigo y bailé con algunos amigos en común, pero siempre me quedé pensando en el que hubiera sido mi pareja de baile.

Con el paso de los días me olvidé del asunto hasta que recibí una invitación para ir a ver "Chau, Misterix" en el CCPUCP. En la galería del mismo Centro Cultural se presentaba por esa época una muestra de los mejores trabajos de la Facultad de Arte de la Católica, así que me acordé que a J.C. le gustaba mucho el arte, a pesar de que estudiaba Derecho y de que trabajaba en el área de vuelos internacionales del aeropuerto. Pensé que disfrutaría mucho ver la exposición además de la obra, así que busqué su teléfono y lo llamé para invitarlo. Todavía me acuerdo una conversación que tuvimos. "¿Por qué estudias entonces Derecho?". "Porque es la carrera que me permitirá pagar mis estudios de Arte. Además, con eso mis padres se pueden quedar tranquilos". Ojalá J.C. no haya renunciado a su sueño. O tal vez ahora se haya convertido en el más prometedor piloto de una aerolínea comercial. ¿Cómo saberlo?

El día finalmente llegó. Mi hermana insistía en que era una cita. Yo odio rotular con nombres ese tipo de salidas. Solo estaba muy contenta de volverlo a ver. J.C. fue puntual. Nos encontramos a las 7:30 p.m. en la entrada del Centro Cultural. Yo subí las escaleras para recoger las invitaciones, pero ¡oh, sorpresa! empalidecí como papel cuando una de las productoras del CCPUCP me dijo "Lo siento, pero se nos han agotado los pases para invitados hace media hora". Sin nada más que hacer en ese lugar, le expliqué a J.C. el imprevisto. Me disculpé no una sino hasta tres veces. Él, muy tranquilo y comprensivo, me propuso ir a brindar con un pisco sour por la anécdota del teatro. Tomamos un taxi hasta el bar de las Brujas de Cachiche, pero esa noche estaba cerrado. Entonces pensé que la supuesta "cita" de la que había hablado mi hermana estaba condenada al fracaso. Fue en ese momento que J.C. me habló de ir a un lugar muy bonito en Miraflores donde podíamos cenar algo. Acepté encantada mientras ambos compartíamos una sonrisa.

Esa noche conocí a dos amigos de J.C. que eran enamorados. Se me han olvidado sus nombres, pero no que me causaron una muy buena impresión. Cenamos riquísimo, tomamos vino y conversamos durante cerca de tres horas. Después me propusieron ir a la casa de J.C. donde él nos prepararía su especialidad: unos spaguetti ¡fenomenales! (sus amigos reconocían sus naturales dotes culinarias). Les agradecí la invitación, pero no acepté. Subimos al carro de su amigo y me llevaron a casa. La despedida fue muy bonita. Sonaba un tema que le gustaba mucho a J.C. y que yo escuchaba por primera vez. Otra vez me volvieron a decir para ir a la casa del spaghetti y otra vez les di las gracias por la invitación, pero decliné.

Y esa fue la última vez que volví a ver al chico del Mamma Lola, el local donde sirven una de las mejores pastas que he probado. Después de esa salida tan anecdótica nos escribimos un par de veces hasta que cada uno volvió a lo suyo. Imaginen la enorme sorpresa que recibí cuando el año pasado, el 24 de diciembre en la noche, recibí una llamada de J.C. para saludarme por Nochebuena. Me contó que ya se había graduado y que estaba viendo lo de sus escritos y sus dibujos. Seguía trabajando en el aeropuerto, pero también quería ver lo de sus prácticas en un estudio de abogados. Me dio mucha alegría escucharlo tan animado y tan lleno de planes. Siempre diré que la Navidad es mágica porque puede sorprenderte con detalles como este. Un saludo de un amigo al que pensabas no volver a ver. Para mí fue especial, porque aunque nunca llegó el saludo de una amiga que esperaba que llegara, recibir noticias de J.C. me devolvió la sonrisa y la fe en quienes llegan a convertirse en tus verdaderos amigos, sin importar lo lejos o cerca que se encuentren.

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