White Russian & Blue Lines

viernes, julio 03, 2009


Un día del padre en Pachacamac, el valle gourmet de invierno

El lunes que fue feriado pasamos la tarde en casa de los papás de J. Además del señor Julio y de la señora Teresa, estaban su sobrino Sebastián y su tía Nora. Después de saludarlos nos invitaron a ver un video en la salita del televisor. Cómodamente instalados, el señor Julio dio "play" a la cinta y entonces empezamos a recordar el bonito almuerzo que se realizó en Pachacamac con motivo del día del padre, una semana atrás.

Tengo que decir que desde que mi papá partió al cielo, y en realidad unos meses antes, cuando mis hermanos me contaron que estaba muy enfermo, mi corazón empezó a albergar un sentimiento mucho más fuerte hacia ese hombre que fue mi padre. Me prometí ser valiente y nunca llorar delante de él, así la imagen que tuviera fuera la de alguien cuya vida se iba apagando como la llama de una vela. Recuerdo que él mismo me lo repetía. Me pedía que el día que él ya no estuviera físicamente yo debía estar tranquila, porque ese día él no sentiría más dolor y podría acompañarme y bendecir a toda su familia desde allá arriba. Desde el momento en que las dijo, sus palabras se quedaron conmigo. El carácter alegre y bromista de mi papá ayudaba en esa tarea. Siempre sonreía orgulloso de tener una hija mujer (porque mis tres hermanos de parte de papá son hombres) y no perdía ocasión para recordarme que debía seguir estudiando, convertirme en toda una profesional, viajar por todo el país y después a otros países del mundo, y aprender a cocinar. Esto último aún no te lo he cumplido del todo, papá. Pero aprenderé unos cuantos platillos ;) Ojalá nomás en mis genes estén no solo el buen apetito que heredé de ti, sino también la sazón de mamá.

Volviendo a Pachacamac y al día de la celebración de los papás, recuerdo muchas instantáneas Kodak de ese día. La familia de J. es grande y muy unida, y eso para mí la convierte en uno de esos ejemplos de familias que son atesorables para cada uno de los integrantes de sus distintas generaciones. Imaginen esta escena: ocho niños cuya diferencia de edades es de apenas un año, saliendo en fila desde su casa a la bodega al frente de esta, para ir en busca de un dulce. Cuando se lo escuché a la mamá de J. me pareció una de las escenas más bonitas que uno puede imaginar. Ternura pura.

Les cuento algunas de las instantáneas Kodak que guardé en mi memoria ese domingo. Una de las primeras fue cuando estábamos en el Volkswagen de J. Su tío Ricky, que viajaba en el asiento de atrás, nos hizo reír mucho con el episodio del "E.T. casa", una contraseña absolutamente secreta que él mantenía con su grupo de amigos para referirse al lugar donde se reúnen a conversar y tomarse unos tragos. El tío Ricky nos decía que la anécdota graciosa sucedió una vez que el hijo pequeño de uno de sus amigos repitió esta misma frase delante de la mamá y otros invitados, con la más absoluta inocencia.

Otro de los momentos divertidos ocurrió apenas llegamos. J. estacionó el carro, todos bajamos y ¡oh, sorpresa! sus papás habían dejado la puerta con llave antes de salir al mercado de Pachacamac. Igual la espera no se hizo tan larga, sobre todo después de ver cómo Maria Fe y su papá perseguían a un travieso gallo que se había escapado de la casa vecina.

Un brindis con 'Pisco Punch'
Con todos los ingredientes listos, J. y yo teníamos pensado una sorpresa para los asistentes: prepararles un cóctel que habíamos aprendido a hacer en el restaurante "Malabar". Fue entonces que manos a la obra, empezamos con la receta. Debo decir que el trago salió bien, pero pudo haber quedado espectacular si en lugar de usar el jugo del cocktail de frutas, hubiéramos tenido el almíbar de piña o un jarabe de esta fruta. Gajes de barman & bartender, que le dicen. Después del brindis y de saborear los platos del almuerzo (causa rellena, frijoles negros, anticuchos y hasta ¡picarones!), llegó la hora del cafecito y de las infusiones (esa soy yo :), la Srta. Hierba Luisa, Manzanilla, Té Verde, o Anís).

Fue en ese momento que conocí a la abuelita de J., doña Susana. Créanme que no exagero si les digo que conocí a una abuelita que a sus 87 años no solo es una mujer absolutamente linda y una excelente conversadora, sino sobre todo, ¡un dechado de buena memoria! Hasta donde recordaba a mi abuelita Josefina, ella era lo mismo a sus 84 años. Bien dicen que la longevidad es sinónimo a veces de sabiduría, y en este caso doña Susana es el ejemplo más fiel de ello.

Creo que siempre aprendes de los mayores y nunca te cansas de escuchar la fascinante historia de sus vidas, de cómo se conocieron sus familias, de cuánto hicieron por criar y educar a sus hijos, o de cómo era la vida años atrás. Esa tarde lo confirmé mientras escuchaba a una emocionada abuelita que se sentía feliz de estar rodeada de su familia, de pasar un día del padre con su hijo, y de recibir todas las dosis de cariño de sus nietos y bisnietos. Díganme si un estado así no es de dicha plena. Les aseguro que sí.

Etiquetas: , , , , , , , , ,

martes, agosto 19, 2008


Mi tentación de invierno

Piensen en un postre. No en cualquiera ni en el primero que se les venga a la mente. Imaginen el que pedirían cada vez que pudieran hacerlo aparecer con solo desearlo. ¿Se irían por lo clásico y escogerían uno de chocolate? ¿Arriesgarían un poco más y se deleitarían con una creme bruleé? ¿No cambiarían por nada el peruanísimo suspiro a la limeña? O tendrían otras opciones como un tres leches de lúcuma o de chirimoya. Mientras lo deciden, les recomiendo no dejar de probar el postre que sirven en el hotel Sonesta Posada del Inca. Un manjar real.

Clásico de quinua

Ingredientes
01 Bizcocho de vainilla
200 gr. Quinua pop
100 gr. Manjar blanco
100 gr. Fudge
100 gr. Crema pastelera
01 onza Café pasado

Preparación
Partir en cuatro el bizcocho de vainilla.
Bañar los bizcochos con café, untar el manjar blanco y agregar la quinua atómica. Repetir el mismo procedimiento dos veces. Probarlo todas las veces que se desee.

Etiquetas: , , ,

lunes, junio 09, 2008


Mis entrenadores

En invierno no existe mayor sacrificio que levantarme temprano un sábado para ir al gimnasio. Con la pereza de un gracioso koala escojo qué combinación de polo, legging y zapatillas ponerme. Cuando ya estoy vestida pienso en las regias mujeres de 50 que acuden desde las seis de la mañana, como si fueran las diez, listas para empezar sus rutinas de ejercicios. "No way", me digo. A esa hora nada podría despertarme, ni siquiera la repetición del horóscopo de la brujita Angélica de Esotérica.

Llego al gimnasio y me recibe una Claudia sonriente. Ella y Stephanie son las recepcionistas con más ángel que he conocido. Aunque también podría ser Patricia, que tiene una de las sonrisas más bonitas detrás del mostrador. Si no fuera por ellas hubiera olvidado varias veces mi carné o habría tenido que cargar con mis bolsas de Vivanda hasta Ego, Ripley o Saga. Después de los vestidores con el primero que me encuentro en la sala de máquinas es con Héctor. Él fue mi primer entrenador -antes de que conociera a Erika, para mí la mejor trainer en Hard Local que existe-. Desde esa primera vez, Héctor se aprendió mi nombre y desde entonces siempre me saluda como si ese día fuese el de mi bienvenida al gimnasio. No es muy alto, pero sí muy fuerte. Posee el porte del entrenador que siempre te cuidará y conocerá qué ejercicio es el indicado para cada parte de tu cuerpo. Al finalizar una rutina de ejercicios supervisada por él, sentirás "anestesiada" cada fibra muscular de tu ser, pero también terminarás absolutamente agradecida por lo que ha hecho por ti. Mi ejercicio favorito es el de la máquina que simula "subir escaleras". Héctor la programa con mi peso y estatura y me deja elegir el nivel de dificultad. Mientras completo los quince minutos sobre la extenuante "Climber", siento que mis glúteos y piernas se transforman. Solo el bisturí conseguiría producir la misma sensación. "Nada como hacer deporte", me dice la chica de al lado, mientras suda feliz la gota gorda sobre la bicicleta estacionaria.

Si en la sala de máquinas y pesas Héctor es el "Master in Knowledge", Saúl es el trainer con más carisma que conozco. Siempre lo observaba supervisando la rutina de varios socios, pero nunca me atrevía a molestarlo, hasta que una vez fue él quien me saludó: "Hola, ¿todo bien?". Y así, con la confianza que me dio en los siguientes días se convirtió en el segundo de mis entrenadores favoritos. Tengo que agradecerle la paciencia que me tiene cuando le pido ejercicios "especialísimos" para trabajar a profundidad la zona abdominal. "La zona problema"-como él la llama-. Imagínense en el verano con una pancita escandalosa impidiendo lucir ese bikini que nos parece adorable. No way. También quiero pedirle una disculpa (desde aquí) por la vez que me invitó a adivinar su edad y le dije "Ah, tú debes tener 29 o 30, no más". Después de escucharme se sonrió y no dijo nada, pero me sentí fatal cuando a la salida Stephanie me reveló su edad. "Tiene 27, ¿por qué?". Ya sé que solo fueron dos o tres años, pero la edad es un un tema sensible, qué les puedo decir. Ahora cada vez que voy, generalmente unas tres o cuatro veces por semana, y veo que lleva puesto un nuevo buzo del gimnasio, me pregunta: "¿y hoy quién crees que lo luce mejor?". No me pregunten por qué, pero he llegado a la conclusión de que me gusta esa vanidad en algunos hombres. Tal vez sea un poco egoísta con el resto, pues solo la tolero en quienes sé que efectivamente algo les va muy bien. Creo que no se los mencioné, pero el cumpleaños de Saúl es en diciembre. Es decir, que además de ser un gran entrenador, también es uno de los pocos hombres Sagitario que conozco. Un gran amigo.

El penúltimo de mis entrenadores es Dante. Las clases de Hatha Yoga no serían lo mismo sin él. Vestido impecablemente de blanco, Dante es el entrenador que todos los martes y jueves por la noche abandona momentáneamente el uniforme de trainer para convertirse en el "Master of the Peace". Las más diversas técnicas de relajación, respiración y estiramiento son enseñadas por él durante los sesenta minutos que dura su clase. Nada más quitarte las zapatillas y recostarte sobre el piso del salón significan el inicio de los más envidiados sesenta minutos que puede reclamar tu cuerpo después del más terrible día de trabajo o de las tediosas clases de una maestría. En las ocasiones en que no he entrado a su clase siempre se ha mostrado comprensivo y ha sabido perdonar mi inasistencia. Claro, siempre que la promesa sea no faltar a la siguiente lección. El grupo que asiste está formado por hombres y mujeres en número casi idéntico, cuyas edades varían entre los 28 y 45 años. De todos ellos me llama la atención la pareja de Lizzy y su esposo. Los dos lucen saludables en sus "treintas". Sé por ella que son papás de dos niños. Siempre que los veo me imagino a mí y a quien sería mi pareja compartiendo por lo menos el gusto por practicar algún tipo de deporte. Correr, montar bicicleta, o hacer en casa un poco de estiramientos con esa gran pelota de Pilates bastaría para sentirme contenta.

La última de mis entrenadores es Erika, mi profesora de Hard Local. Todos los que hemos llevado su clase empezamos odiando lo fuerte de su rutina de ejercicios, pero acabamos adorándola a ella y al milagro que produjo en nuestras medidas anatómicas. Nunca olvidaré la primera vez que entré a su clase y observé la manera cómo 'torturaba' a los alumnos. Esa vez yo había decidido cambiar la aburrida la faja elástica por algo más emocionante. ¿Qué les puedo decir? Las inofensivas ligas, las pequeñas mancuernas de colores y las pelotas no eran otra cosa que la versión moderna de esas máquinas demoledoras que te pasan por encima dejándote como oblea lista para untar. Agotada y traspirada corrí a la ducha. Otras se metieron de frente al sauna. Al salir de los vestidores no solo traía la sonrisa más grande, sino también la satisfacción de haber invertido estupendamente mi tiempo y dinero. Después de dos clases Erika comenzó a llamarme por "mi nombre" (que para ella era el más especial que podía darle a cada una de sus alumnas). Así fue como me convertí en "Católica" (por ser el lugar donde trabajo) y así también fue como conocí a nuevas amigas como "Cordero" (la venezolana Anabella), "Sonia" (ella llevaba el mismo nombre y se había ganado ese derecho por ser quien mejor imitaba los bailes de la Carrá), "Chatanás" (así le puso a Rita por ser bajita y porque le gustaba hacer diabluras), "La novia" (una chica que estaba próxima a casarse), "Nextel" (porque siempre se daba tiempo para contestar largas llamadas desde su teléfono), la dulce "Pampers" (por su carita de bebé), o la "Rubia" (por su color natural de pelo), y los chicos Raúl, Mario, Iván o Álvaro, así como otros más (que siempre conservaron su nombre real porque eran muy pocos los varones que se atrevían a regresar después de una primera clase).

Cuando vienen a mi mente estos recuerdos no importa demasiado que la clase haya cambiado de horario o de local, o que Erika enseñe ahora también en otro gimnasio. Basta con acordarme de la vez que festejamos su cumpleaños -con torta de chocolate y botellas de Coca Cola Diet y Free Light-, o de la que nos quedamos conversando y comiendo ensaladas de frutas en el restaurante del hotel donde está el gimnasio, para que siempre la recuerde. Me he prometido que en las vacaciones volveré a sus clases. No saben cuánto extraño las canciones de su rutina de ejercicios o las ocasiones en que estando a punto de rendirme, su voz tenía el efecto inesperado de reanimarme: "Una vez más, Católica".

Etiquetas: , , , , ,