White Russian & Blue Lines

lunes, noviembre 08, 2010


Felicidad a bordo

Este fin de semana fue de los mejores. J. se levantó con muchas ganas de comer un cebiche y me propuso almorzar en el restaurante Punta Sal. Yo nunca había ido, pero siempre que corría por el malecón de Miraflores quedaba fascinada por la vista que tiene el tercer piso de su local. Después de saborear nuestro delicioso almuerzo en la terraza (pídanse el risotto de mariscos, sus piqueos, una leche de pantera y una cerveza helada para brindar, que en nuestro caso fue nuestra consentida cerveza negra) descansamos frente al malecón, con una vista de la playa y saboreando nuestros helados. Fue un almuerzo especial porque, además de ser una tarde perfecta en compañía de mi Liebe, decidimos emprender juntos la búsqueda de nuestro depa. Queremos que sea espacioso, que esté cerca de algún parque y que no esté en un piso demasiado alto. Finalmente, si queremos observar la ciudad, siempre podremos regresar a la terraza del Punta Sal, o encontrar otro restaurante con una vista igual de genial.

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martes, mayo 04, 2010


Una sobremesa en pareja

El último domingo lo pasé en el soleado San Bartolo. J. y yo hicimos caso del pronóstico del fin de semana y fuimos a visitar a sus papás a Pachacamac y, al día siguiente, los cuatro nos alistamos para pasar el día en el club de este balneario. Luego de acomodar los bolsos y toallas, J. y su papá se fueron al mar, su mamá aprovechó para tomar sol, y yo me apliqué el bloqueador antes de correr a zambullirme.

Mi costumbre de meter primero un pie, luego el otro, después una pierna, luego la otra, y así hasta llegar a mis muslos y el resto del cuerpo, dejó de parecerme una buena idea después de comprobar que el mar de San Bartolo puede estar en ocasiones tan helado como la salita de estar de un esquimal. A pesar de eso, los cuatro siempre tomamos un baño. Creo que es porque pensamos que no hay mejor tonificador natural que ese.

Es hora de almorzar. Mientras subimos al segundo piso nos encontramos con Sandra y Carlitos, los amigos de los papás de J. Los esposos se apresuran a ordenar los platos de la carta. J. y yo pedimos un lomo saltado, una marmita de arroz con mariscos, y unas provocativas conchitas a la parmesana. Sus papás, otra marmita de arroz con mariscos y un plato de milanesa de pollo con papas y ensalada. El mozo toma presto los pedidos y también los de Sandra y su esposo Carlos. Después de las bebidas y la canchita de rigor, todos esperamos nuestros platos de fondo pero estos tardan en llegar. Mientras esperamos aprovechamos para descubrir por qué a Carlitos le gusta tanto el arroz con leche con maizena, y de paso tratamos de convencerlo de que la popular maizena no es uno de los ingredientes del rico postre limeño: “La maizena es para las mazamorras, Carlitos”. Finalmente llegan nuestros platos, quedamos más que satisfechos, y regresa el tema de nuestros gustos por las comidas, y la especial forma en que las esposas preparan algunas recetas. La mamá de J. nos cuenta su secreto cuando prepara la avena, a la que le echa unas gotitas de algarrobina. Sandra habla de que esta vez su arroz con aceitunas tiene un sabor distinto a la última vez que lo probó. J. y yo los escuchamos y yo me acuerdo de lo mucho que me gusta escuchar a las parejas, la forma en que interactúan, comparten sus recuerdos, hablan de sus hijos, se contradicen con cariño, bromean entre ellos, y mencionan sus cualidades y defectos.

Al terminar la sobremesa y antojados de pedir un postre, preferimos pedir la cuenta. Mientras nos despedimos imagino que si existiese una asignatura llamada Sociología de las parejas, fácilmente me convertiría en la alumna más aplicada.

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viernes, julio 03, 2009


Un día del padre en Pachacamac, el valle gourmet de invierno

El lunes que fue feriado pasamos la tarde en casa de los papás de J. Además del señor Julio y de la señora Teresa, estaban su sobrino Sebastián y su tía Nora. Después de saludarlos nos invitaron a ver un video en la salita del televisor. Cómodamente instalados, el señor Julio dio "play" a la cinta y entonces empezamos a recordar el bonito almuerzo que se realizó en Pachacamac con motivo del día del padre, una semana atrás.

Tengo que decir que desde que mi papá partió al cielo, y en realidad unos meses antes, cuando mis hermanos me contaron que estaba muy enfermo, mi corazón empezó a albergar un sentimiento mucho más fuerte hacia ese hombre que fue mi padre. Me prometí ser valiente y nunca llorar delante de él, así la imagen que tuviera fuera la de alguien cuya vida se iba apagando como la llama de una vela. Recuerdo que él mismo me lo repetía. Me pedía que el día que él ya no estuviera físicamente yo debía estar tranquila, porque ese día él no sentiría más dolor y podría acompañarme y bendecir a toda su familia desde allá arriba. Desde el momento en que las dijo, sus palabras se quedaron conmigo. El carácter alegre y bromista de mi papá ayudaba en esa tarea. Siempre sonreía orgulloso de tener una hija mujer (porque mis tres hermanos de parte de papá son hombres) y no perdía ocasión para recordarme que debía seguir estudiando, convertirme en toda una profesional, viajar por todo el país y después a otros países del mundo, y aprender a cocinar. Esto último aún no te lo he cumplido del todo, papá. Pero aprenderé unos cuantos platillos ;) Ojalá nomás en mis genes estén no solo el buen apetito que heredé de ti, sino también la sazón de mamá.

Volviendo a Pachacamac y al día de la celebración de los papás, recuerdo muchas instantáneas Kodak de ese día. La familia de J. es grande y muy unida, y eso para mí la convierte en uno de esos ejemplos de familias que son atesorables para cada uno de los integrantes de sus distintas generaciones. Imaginen esta escena: ocho niños cuya diferencia de edades es de apenas un año, saliendo en fila desde su casa a la bodega al frente de esta, para ir en busca de un dulce. Cuando se lo escuché a la mamá de J. me pareció una de las escenas más bonitas que uno puede imaginar. Ternura pura.

Les cuento algunas de las instantáneas Kodak que guardé en mi memoria ese domingo. Una de las primeras fue cuando estábamos en el Volkswagen de J. Su tío Ricky, que viajaba en el asiento de atrás, nos hizo reír mucho con el episodio del "E.T. casa", una contraseña absolutamente secreta que él mantenía con su grupo de amigos para referirse al lugar donde se reúnen a conversar y tomarse unos tragos. El tío Ricky nos decía que la anécdota graciosa sucedió una vez que el hijo pequeño de uno de sus amigos repitió esta misma frase delante de la mamá y otros invitados, con la más absoluta inocencia.

Otro de los momentos divertidos ocurrió apenas llegamos. J. estacionó el carro, todos bajamos y ¡oh, sorpresa! sus papás habían dejado la puerta con llave antes de salir al mercado de Pachacamac. Igual la espera no se hizo tan larga, sobre todo después de ver cómo Maria Fe y su papá perseguían a un travieso gallo que se había escapado de la casa vecina.

Un brindis con 'Pisco Punch'
Con todos los ingredientes listos, J. y yo teníamos pensado una sorpresa para los asistentes: prepararles un cóctel que habíamos aprendido a hacer en el restaurante "Malabar". Fue entonces que manos a la obra, empezamos con la receta. Debo decir que el trago salió bien, pero pudo haber quedado espectacular si en lugar de usar el jugo del cocktail de frutas, hubiéramos tenido el almíbar de piña o un jarabe de esta fruta. Gajes de barman & bartender, que le dicen. Después del brindis y de saborear los platos del almuerzo (causa rellena, frijoles negros, anticuchos y hasta ¡picarones!), llegó la hora del cafecito y de las infusiones (esa soy yo :), la Srta. Hierba Luisa, Manzanilla, Té Verde, o Anís).

Fue en ese momento que conocí a la abuelita de J., doña Susana. Créanme que no exagero si les digo que conocí a una abuelita que a sus 87 años no solo es una mujer absolutamente linda y una excelente conversadora, sino sobre todo, ¡un dechado de buena memoria! Hasta donde recordaba a mi abuelita Josefina, ella era lo mismo a sus 84 años. Bien dicen que la longevidad es sinónimo a veces de sabiduría, y en este caso doña Susana es el ejemplo más fiel de ello.

Creo que siempre aprendes de los mayores y nunca te cansas de escuchar la fascinante historia de sus vidas, de cómo se conocieron sus familias, de cuánto hicieron por criar y educar a sus hijos, o de cómo era la vida años atrás. Esa tarde lo confirmé mientras escuchaba a una emocionada abuelita que se sentía feliz de estar rodeada de su familia, de pasar un día del padre con su hijo, y de recibir todas las dosis de cariño de sus nietos y bisnietos. Díganme si un estado así no es de dicha plena. Les aseguro que sí.

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